Horno de cerámica

Los griegos nos han dejado bellísimos jarrones de cerámica, pero 500 años antes los chinos hacían ya objetos de porcelana, un producto de la arcilla de calidad superior.

En Occidente esta técnica era desconocida hasta comienzos de 1700, cuando la porcelana fue introducida por importación. Los chinos deben en parte su descubrimiento al hecho de haber localizado algunos yacimientos de caolín, una arcilla de óptima calidad que contiene una pequeña cantidad de feldespato, el componente fundamental de la porcelana.

Además, poseían hornos que podían alcanzar temperaturas de 1.300 ºC o más, a la cual el feldespato se funde dando lugar a una pasta similar al vidrio. Por el contrario, en Occidente los hornos no conseguían alcanzar temperaturas superiores a los 1.000 grados centígrados.

En los hornos empleados en cerámica se cuecen materiales, como terracota, ladrillos, baldosas y cementos extraídos de minerales no metálicos, y que, expuestos a altas temperaturas, adquieren una estructura resistente. Si se calientan o se enfrían  demasiado rápidamente las cerámicas, se rompen, por lo que al inicio de la cocción la llama debe permanecer baja.

El combustible es añadido gradualmente hasta que el horno alcanza la temperatura máxima deseada, y después es enfriado lentamente. Incluso en los hornos más sencillos, donde las temperaturas llegan a 800 ºC, este proceso se realiza en varias horas; en los hornos que alcanzan mayores temperaturas puede durar una semana.

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